20070906

Juego dibujo

Seguro que identificas en las fotografias siguientes modificadas al ordenador lugares muy conocidos de nuestros pueblos, que leyenda a pie de ellos escribirías que los identifiquen, dímelo al correo y lo terminamos.

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juegodibujo/septiembre2007

20070903

Las espigadoras

La siega de los cereales más representativos de nuestras tierras como el trigo, la cebada y el centeno, era  una de las labores más arduas en el mundo de la agricultura. Ataviados con hoz, dedil, zoquete y sombrero de paja, y bajo el rigor del calor del verano y el polvo que desprenden los cereales  se recoge el fruto sembrado en otoño, este era el trabajo diario y en jornadas de sol a sol de los hombres y mujeres del campo hasta la aparición bien entrado el siglo XX de la maquinaria necesaria para la realización de esta tarea.
La precariedad en los medios rurales era patente. Por eso una vez segada y hacinada la mies, antes de entrar las ovejas a pastar, se concedía el permiso para que cualquier persona pudiera espigar. Esta tarea consistía en recoger las espigas que se habían quedado en el suelo. Las espigadoras transportaban  las espigas en talegas o sacos hasta su hogar, guardadas en manojos o en forma de grano después de haberlas machacado con un astil o palo y aventadas sobre una jarapa o faldón en día  con viento moderado y de dirección fija, servían de alimentos principalmente a las aves de corral.

J.Lobo


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De espigas...


Las espigadoras (1848) Louvre-París
Jean Francois Millet (1814-1875)


Las cribadoras de trigo
Gustav Coubert (1819-1877)
Pintor francés del realismo




La espiga


Mira el signo sutil que los dedos del viento
hacen al agitar el tallo que se inclina
y se alza en una rítmica virtud de movimiento.

Con el áureo pincel de la flor de la harina 
trazan sobre la tela azul del firmamento
el misterio inmortal de la tierra divina
y el alma de las cosas que da su sacramento
en una interminable frescura matutina.


 De las floridas urnas místico incienso aroma
el vasto altar en donde triunfa la azul sonrisa;

aún verde está y cubierto de flores el madero,
bajo sus ramas llenas de amor pace el cordero
y en la espiga de oro y luz duerme la misa.

Rubén Darío
(Nacido como Félix Rubén García Sarmiento en Nicaragua en 1867)






CANCIÓN,  LA ESPIGADORA

Esta mañana muy tempranico
salí del pueblo con el hatico
Y como entonces la aurora venía
yo la recibía ..
cantando como un pajarillo:
Esta mañana muy tempranito.

Por los carriles y los rastrojos
soy la hormiguita de los despojos
y como tiene muy buenos ojos
espigo a veces de los manojos.

¡Ay ay ay! qué trabajo nos manda el Señor
levantarse y volverse a agachar
todo el día a los aires y al sol.
¡ay ay ay! haz memoria de mi segador
no arrebañes los campos de mies
que detrás de las hoces voy yo.

La espigadora con su esportilla
hace la sombra de la cuadrilla
sufre espigando tras los segadores
los mismos sudores….
del hombre que siega y que trilla
la espigadora con su esportilla

En cuanto suenan las caracolas
Por esos trigos van ellas solas
Y se engalanan con amapolas
Con abalorios y agueripolas 

¡Ay ay ay! qué trabajo nos manda el Señor
levantarse y volverse a agachar
todo el día a los aires y al sol.
¡ay ay ay! haz memoria de mi segador
no arrebañes los campos de mies
que detrás de las hoces voy yo.
 
Guillermo Fdez.-Shaw (1893-1965)
Federico Romero (1886-1976)
Francisco Guerrero (1895-1951)




Canción : LA ESPIGADORA de la zarzuela La rosa del azafrán, 
escrita por Federico Romero y Guillermo Fernandez-Shaw con música del 
maestro Jacinto Guerrero. Se estreno el 14 de Marzo de 1930 en el
Teatro Calderón de Madrid.




lasespigadoras/septiembre2007

Otra leyenda, de miedo

La Procesión de las Ánimas
Era una tarde de invierno. En una casa de Fiñana se habían reunido varios vecinos para hacer jabón. Cuando empezó a oscurecer, vieron una fila de luces por la sierra, por El Pecho. Todos  nos quedamos mirando y la gente empezó a decir que eso era la procesión de las Ánimas. A los niños, nada más el nombre, empezó a estremecernos. Alguien decía que eran los pastores que marchaban a otro sitio; pero la mayoría insistía en que ERAN LAS ÁNIMAS...
La  Procesión de las Ánimas, o la Santa Compaña, era como una procesión de almas en pena, vestidas con túnicas con capucha que vagaban durante la noche. Normalmente iban en dos hileras, generalmente envueltas en sudarios, por lo tanto vestidas de blanco o de negro, con las manos frías y los pies descalzos, vagaba noctámbula por los cerros, deambulaba por los caminos, portaban algo en sus manos: una luz, una vela, un candil, incluso huesos encendidos o pequeñas campanas que iban tañendo, un olor a cera y un ligero viento eran las señales de que estaba pasando la legión de espectros. Al frente iba un espectro de mayor tamaño.
Iba encabezada siempre por un vivo, el cual portaba una cruz y un cubo de agua bendita, lo necesitaban para comandar la fúnebre peregrinación y para guiar estas ánimas por caminos de Fiñana, desde el cementerio hasta la casa de las víctimas previamente elegidas.
Podía suceder que el que se encontraba con la procesión a altas horas de la noche, se viera obligado a sustituir a este vivo y a acompañarles en su penoso tránsito. Si en una de las excursiones de los difuntos se encontraba con otra persona, se producía una especie de canje de rehenes, liberaban a la persona que venía encabezando el acompañamiento y obligaban al que encontraban a vagar junto a ellos todas las noches, portando una gran cruz y conduciendo la comitiva. También se creía que quien realizaba esa "función" no recordaba durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche, únicamente se podía reconocer a las personas penadas con este castigo por su extremada delgadez y palidez. Cada noche su luz era más intensa y cada día su palidez iba en aumento. No les permitían descansar noche alguna, por lo que su salud se iba debilitando hasta enfermar sin que sujeto ni médico supieran las causas de tan misterioso mal. Condenados a vagar noche tras noche hasta que morían u otro incauto fuese sorprendido y se castigara a ocupar el puesto de guía. Se solía aparecer en una encrucijada o cruce de caminos aunque no siempre era así.
Se sigue con la idea de que quien se la encuentra es que le queda poco tiempo de vida; en ocasiones llevan un ataúd en el que va un familiar del que presencia el paso; el que va en el ataúd no tardará en morir.


Leyenda popular fiñanera.



LAS ÁNIMAS presentes en la literatura...


Gustavo Adolfo Dominguez Bastida (Sevilla 1836-Madrid 1870) más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue un poeta del Romanticismo.
Sus trabajos mas conocidos son sus Rimas y Leyendas.
El monte de las ánimas, es una de los relatos que forman parte de la colección de leyendas . Narra lo ocurrido en el llamado Monte de Ánimas de Soria. 
La leyenda cuenta lo que le ocurrió a un joven llamado Alonso al intentar complacer a su prima.

 Texto completo de la leyenda


Fuente: Wikipedia



Imagen: Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer

DOMÍNGUEZ BÉCQUER, Valeriano (Sevilla, 1833 - 1870)
Óleo sobre Lienzo
73 x 60 cm.
1862

Procedencia
Colección Ybarra. Sevilla

Comentarios


Valeriano Bécquer realiza este magnífico retrato de su hermano el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer  hacia el año 1862, fecha de su viaje  a Madrid, capital donde residía  su hermano y en la que comienza su segunda etapa artística, caracterizada por  con una pintura más resuelta, luminosa y flexible. El retrato representa una imagen del poeta que ha sido plasmada en numerosas ocasiones en libros de texto, publicaciones y que incluso ilustró durante muchos años el ya desaparecido billete de cien pesetas. Se puede considerar como una de las obras capitales de la pintura romántica española y comparable con los mejores retratos realizados en su época en Europa. En esta pintura el sentimiento fraternal de Valeriano le hace captar la imagen del poeta condensando en su gesto todos los diversos aspectos que imperan en el Romanticismo el ímpetu y la melancolía, la ironía y la pasión y la exaltada idealización. El retratado posa con elegancia aristocrática y una mirada llena de emoción que conecta directamente con la del espectador.


 Seguro que recuerdas esta imagen de hace unos años, billete dedicado a Bécquer...





Y VUELTA...

EL MIEDO

El miedo o temor es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento, habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, por ejemplo el ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo esta relacionado con la ansiedad.

Existe miedo real cuando la dimensión del miedo está en correspondencia con la dimensión de la amenaza. Existe miedo neurótico cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro. Ambos, miedo real y miedo neurótico, fueron términos definidos por Sigmund Freud en su teoría del miedo. En la actualidad existen dos conceptos diferentes sobre el miedo, que corresponden a las dos grandes teorías psicológicas que tenemos: el conductismo y la psicología profunda. Según el concepto conductista el miedo es algo aprendido. El modelo de la psicología profunda es completamente distinto. En este caso, el miedo existente corresponde a un conflicto básico inconsciente y no resuelto, al que hace referencia.

+ en Wikipedia


“The Headless Horseman Pursuing Ichabod Crane” (1858) by John Quidor
"El jinete sin cabeza La búsqueda de Ichabod Crane"

John Quidor (Condado de Gloucester, Nueva Jersey, Estados Unidos, 26 de enero de 1801-14 de diciembre de 1881) fue un pintor de temas históricos y literarios americano.




El miedo a la enfermedad, a la pobreza, a la guerra y a la muerte están presentes en la iconografía apocalíptica tradicional. Los cuatro jinetes, grabado de Durero.






otraleyendademiedo/septiembre2007

20070902

Jerónimo, ARTISTA entrañable

JERÓNIMO MARTÍNEZ CLARES

Nacido en Fiñana en 1924, no llegó a cursar estudios en Bellas Artes. Aunque su formación fue autodidacta desarrolló desde pequeño su habilidad innata para el dibujo, así como su capacidad de trabajo y estudio intenso para la pintura y la escultura, reconocidos después en el manejo del color y la textura de sus lienzos. La mayoría de su obra es una reflexión sobre su entorno en donde va encontrando nuevas formas de exponerlo a los demás. Raro es el rincón de Fiñana del que no ha dejado constancia en algún lienzo. Prueba del dominio que alcanzó en la técnica del óleo fue el gran número de galardones que alcanzó en las exposiciones en las que participó. Sobre todo en los certámenes de pintura con motivo de las Fiestas del Sol en la Sierra de Fiñana. Su inquietud por la pintura le llevó a organizar, junto a Antonio Bretones, una escuela - estudio en la que impartió clases a fiñaneros de todas las edades.

  • Muestra de su amplia y variadisima obra:

Bodegones

Paisajes

Otras temáticas 1

Otras temáticas 2

Fotos anteriores de  Ignacio Ocaña Marín en la extinta página "Rinconcillos Fiñaneros"


  • Sus obras  guardadas en el amor y cariño de sus familiares y amigos, gracias a todos por compartirlas...


Foto gentileza de Victoria Martínez, marzo de 2016 en fiñaneros por el facebook.



Foto gentileza de Paqui Martínez Molina, marzo de 2016 en fiñaneros por el facebook.



Marzo de 2016

Después de poner esta entrada  dedicada al entrañable Jerónimo en fiñaneros por el facebook encuentro la colaboración para completarla de todas las personas nombradas arriba y la especial de Ignacio Ocaña que como hombre cabal y de palabra no tarda en mandarme lo ofrecido:



De esta cordial correspondencia:
Ignacio Ocaña Marín 
Como comento antes, con Jerónimo me unía una gran amistad. No solo porque Mari era hermana de Pedro el esposo de mi hermana Loli, sino de siempre (creo recordar que se conocieron en la boda de mi hermana). Si quieres poner las pinturas para tan buen fin, te puedo mandar fotos de las nueve que poseo, seis mías y tres de mis hijos. Todas las puso mi primo Juan en "Rinconcillos" en su tiempo.

Juan Lobo
Claro que quiero Ignacio, cuando tu puedas me mandas estas y cuantas quieras a loberosygalgos@gmail.com, ya me imagino con ilusión la entrada tan completa que puede quedar. Si quieres colaborar con tu saber, cariño y conocimiento sobre todo lo relativo al pueblo mi blog esta a tu disposición. Gracias, un saludo.

Estos frutos esplendidos:







Y me puntualiza: 
Las 6 primeras las tengo yo. La siguiente, de las casas (horizontal) es de mi hija Estrella Mª Ocaña Fuertes. La siguiente del jarrón, es de mi hijo Gabriel Ocaña Fuertes.  Y la ultima vertical con casas y una maría a la izquierda, de mi hija Rosa Mª Ocaña Fuertes.






loberosygalgos@gmail.com

para Ignacio
Gracias de nuevo Ignacio por tu interés y preocupación, son unas fotos magnificas que en cuanto pueda pasaran a formar parte de la entrada dedicada al  recordado Jerónimo y claro que pondré su procedencia y propiedad. Es magnifico que cuando en un buscador pongamos Jerónimo Fiñana aparezca de inmediato esta pequeña contribución  que estamos formando entre todos. 
De verdad que quiero a ambos pueblos y me gustaría verlos unidos un poquito mas por encima de limites provinciales y mentales. Gracias de nuevo. Un abrazo y ya sabes donde encontrarme.
 J LOBO






 Y en general si tenéis mas y queréis completar este recuerdo y que perdure, os espero en :
loberosygalgos@gmail.com o fiñaneros por el facebook o el mio.


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jeronimoartistaentrañable/septiembre2007

20070901

Pulgarcito, un cuento con migas

Ilustración de Carl Offterdinger ( 1829-1889).

Charles Perrault
 [Cuento. Texto completo]

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito. Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho. Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le dijo: -Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean. -¡Ay! -exclamó la leñadora- ¿serías capaz de dejar tú mismo perderse a tus hijos? Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue a acostarse llorando. Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer. Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y enseguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado. 

Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo: -No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme. Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre. En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. 
El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo: -¡Ay! ¿Qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay! : ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos. El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en lágrimas. -¡Ay! ¿Dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos: -¡Aquí estamos, aquí estamos! Ella corrió deprisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos: -¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para limpiarte. Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina. Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez. No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora les dio a cada uno un pedazo de pan como desayuno, pensó que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardó, pues, en el bolsillo. El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños. Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo. Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos. Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque. Llegaron a la casa donde estaba el candil no sin pasar muchos sustos, pues de tanto en tanto la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un bajo. Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo: -¡Ay! Mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños? -¡Ay, señora! -respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos-, ¿qué podemos hacer? Los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega. La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la cena del ogro. Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino, y enseguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca. -Tiene que ser -le dijo su mujer- ese ternero que acabo de preparar lo que sientes. -Huelo carne fresca, otra vez te lo digo -repuso el ogro mirando de reojo a su mujer- aquí hay algo que no comprendo. Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama. -¡Ah -dijo él- así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una bestia vieja. Esta caza me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que deben venir en estos días. Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella les hiciera una buena salsa. 


Fue a coger un enorme cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo: -¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana? -Cállate -repuso el ogro- así estarán más tiernos. -Pero todavía tenéis tanta carne -replicó la mujer-; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un puerco -Tienes razón -dijo el ogro-; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse. La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían tragar. De puro susto. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse. El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños para chuparles la sangre. Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido. Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos que quería degollar. La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo: -Vamos a ver -dijo- cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez. Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro: -Verdaderamente -dijo- ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado. Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos: -¡Ah! -exclamó- ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje. 


 Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer. Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían. El ogro, al despertar, dijo a su mujer: -Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer. Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no sería su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que discurren casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo. -¡Ay! ¿qué hice? -exclamó-. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y en el acto! -Echó un tazón de agua en la nariz de su mujer, haciéndola volver en sí: -Dame pronto mis botas de siete leguas -le dijo- para ir a agarrarlos. Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin perder de vista lo que hacía el ogro. Éste, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo. Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran deprisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa. 

 Pulgarcito, acercándose al ogro, le sacó suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas. -Su marido -le dijo Pulgarcito- está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy mintiendo. La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría. Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena fuente, hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido. Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese lado. Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad su propia corte. 

Moraleja /Nadie se lamenta de una larga descendencia cuando todos los hijos tienen buena presencia, son hermosos y bien desarrollados; mas si alguno resulta enclenque o silencioso de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado. A veces, sin embargo, será este mocoso el que a la familia ha de colmar de agrados.





Charles Perrault (París, Francia, 12 de enero de 1628 
ibídem, 16 de mayo de 1703) fue un escritor francés, 
principalmente reconocido por haber dado forma literaria a cuentos clásicos infantiles tales como  
Caperucita Roja y El gato con botas,
atemperando en muchos casos 
la crudeza de las versiones orales.








Ilustraciones de: Paul Gustave Doré 
(Estrasburgo, Francia, 6 de enero de 1832 
 París, Francia, 23 de enero de 1883) 
fue un artista francés, grabador , 
 escultor e ilustrador.